El incremento incluye atrasos en préstamos personales, prendarios y resúmenes de tarjetas. La situación refleja el deterioro de la capacidad de pago de los hogares, en un contexto marcado por la pérdida del poder adquisitivo y el elevado costo de refinanciar las deudas.
Ante la necesidad de cubrir alimentos, servicios y otros gastos esenciales, muchas familias comenzaron a postergar el pago de cuotas y obligaciones bancarias.
La problemática también impacta en bancos, entidades financieras y comercios. Frente al aumento del riesgo de incobrabilidad, algunas instituciones endurecieron las condiciones para acceder a nuevos préstamos, mientras que las ventas financiadas comenzaron a perder fuerza.
Durante el primer semestre, numerosos hogares recurrieron al crédito para afrontar gastos cotidianos. Sin embargo, la inflación, las altas tasas y la menor dinámica del empleo convirtieron esas deudas en una carga cada vez más difícil de sostener.
El dato de julio confirma una tendencia creciente y genera preocupación por sus posibles consecuencias sobre el consumo y la economía familiar.






















