Por Redacción
La lluvia que empezó a caer sobre Avellaneda en las últimas horas del domingo no enfrió nada; al contrario, pareció el decorado final e inevitable para una película que llevó décadas filmándose. Las inmediaciones del Polideportivo José María Gatica, en Villa Domínico, se convirtieron en el epicentro de un fenómeno que desafió a la meteorología, al cansancio y al dolor crudo. No era un velorio común; era la última misa, la más triste, pero cantada a los gritos.
Desde temprano, la avenida Mitre se transformó en un hormiguero humano. Una columna compacta, que por momentos llegó a estirarse a lo largo de ocho kilómetros, avanzaba a paso de hombre hacia las puertas del predio. En esa marea de pilotos plásticos transparentes, camperas empapadas y banderas que pesaban el doble por el agua, convivían tres generaciones de fanáticos. Padres que habían estado en el Patinódromo de Mar del Plata en el 99 llevaban de los hombros a hijos adolescentes que estallaban en llanto, procesando el fin de una era.
El olor a asado, el frío y el fuego
A los costados de la fila, el ingenio popular y la necesidad montaron su propia escenografía. Los puestos improvisados de choripán y bondiola desafiaban las ráfagas de viento con sombrillas maltrechas y plásticos atados con alambre. El humo denso se mezclaba con la niebla de la madrugada y el vapor que subía del asfalto caliente.
“Tomá, dale un trago que se viene el frío de verdad”, le decía un muchacho de una filial ricotera de Olavarría a una chica que tiritaba abrazada a una mochila. El termo de café, el tetra de vino compartido en una jarra de plástico cortada y el fuego de los tachos de basura daban calor a una vigilia que se sabía larga. Nadie se movía de su lugar. Dejar la fila implicaba perder la oportunidad de estar, aunque sea diez segundos, frente al féretro del hombre que le había puesto banda sonora a sus vidas.
Un repertorio contra la muerte
El silencio no fue el protagonista de la noche. El silencio apareció solo puertas adentro del microestadio, donde el respeto se volvía absoluto. Afuera, el Gatica estaba blindado por un canto ensordecedor que se repetía en bucle, como un mantra para ahuyentar la muerte:
“Olé, olé, olé, Indio, Indio…” “Se siente, se siente, el Indio está presente…”
Cuando el agua arreciaba y las zapatillas ya estaban sumergidas en el barro de los accesos al Parque de los Trabajadores, estallaba de forma espontánea el pogo. Miles de personas saltando coordinadas sobre los charcos, agitando los brazos hacia el cielo gris, cantando las estrofas de Juguetes perdidos o JiJiJi. No había escenario, no había pantallas gigantes, pero los trapos se desplegaban con el mismo orgullo que en los viejos aeródromos del interior profundo.
El instante del silencio y la salida a la madrugada
Pasar la puerta del polideportivo significaba quebrar el tiempo. Adentro, la transmisión oficial iluminaba los rostros húmedos de los que entraban con las manos en el pecho o la mirada fija en el suelo. Flores de plástico rojas, remeras húmedas dejadas como ofrenda y un desfile incesante de lágrimas contenidas marcaban el ritmo de la pasarela de despedida. El contraste era total: el grito de la calle se transformaba en un murmullo de oraciones paganas y sollozos ahogados frente a los restos del artista.
A las cuatro de la madrugada, cuando las puertas de hierro se cerraron definitivamente bajo el diluvio, la multitud empezó a desconcentrar de manera lenta, casi en cámara lenta. Nadie quería ser el primero en irse. Las banderas se enrollaron despacio, los pilotos se abrocharon hasta el cuello y las columnas enfilaron hacia los colectivos y los trenes del ramal Roca que esperaban en la estación.
Avellaneda quedaba atrás, cubierta de agua y de un vacío inmenso. El Indio ya no estaba, pero en la retirada, tarareada bajito por miles que volvían a sus casas con los ojos rojos, quedaba flotando la certeza de siempre: la música, efectivamente, no va a parar nunca más.


















